domingo, 24 de julio de 2016

Problemática de familias y comunidades, base de políticas públicas... por Alberto Jiménez Merino

Alberto Jiménez Merino 
Director del Centro Internacional de Seguridad Alimentaria

Es imposible ayudar cuando no sabes lo que necesitan las personas, pero si en verdad deseas hacerlo, pregúntales cómo, involúcrate con ellos, investiga, eso es lo que nos recomienda Paul Pollack. Cuando escuchas, además de dar una atención, al final algo aprendes dice John Maxwell. 

Un diagnóstico general de Puebla, integrado a lo largo de varios años de trabajo junto a los poblanos, cuantifica casi 100 problemas principales de las 6 mil 900 comunidades del estado. Sin embargo, el sector educativo no atiende a más de 25 y las políticas públicas a no más de 20. Al menos, 75 problemas de orden socioeconómico y ambiental no se han atendido en los últimos 35 años. 

Entre estos, podemos distinguir la afalta de agua, la contaminación por aguas residuales, la pérdida de suelo, la basura, la pérdida de vegetación, la genética de los cultivos, la infraestructura educativa, los caminos para llevar insumos y sacar cosechas, la formación de recursos humanos más pertinentes, los mosquitos transmisores de enfermedades, la desnutrición, el sobre peso, la obesidad, la migración, la vivienda precaria, la infraestructura productiva, la inocuidad alimentaria, los embarazos a temprana edad, entre otros. 

Cuando llegué a la preparatoria de la Escuela Nacional de Agricultura, en al año de 1975, el maestro de Sistemas de Producción Agrícola preguntó al grupo para qué queríamos estudiar agronomía; todos contestamos anotando en un cuaderno, “para ayudar a mi comunidad”, “para ayudar a mi familia” o “para ayudar a los campesinos, a mi estado”. La realidad fue muy diferente. 

Primero, porque hay una separación entre lo que se necesita y lo que se enseña. Las necesidades de las familias, de las comunidades y los sectores productivos no se encuentran en los contenidos del sistema educativo al que yo tuve acceso, primero como estudiante, después como docente y directivo. 

Vincular una institución educativa con la comunidad se enfrenta a problemas como las excesivas cargas teóricas, la falta de recursos para actividades extramuros tales como viáticos y vehículos, horas extras para el personal docente y necesidades de los estudiantes para transporte y alimentación. 

Recuerdo que de 20 actividades que hacíamos para sobrevivir en Tecomatlán, al sur del estado de Puebla, tales como obtener agua, leña, alimentos, cuidar animales, pescar, sembrar, cosechar, almacenar, comercializar, confeccionar la ropa, hacer pan, entre otras, ninguna se trató ni en la primaria ni en la secundaria. Muchos de mis compañeros de la escuela ya no continuaron estudiando, vivieron a ciegas, se envejecieron y algunos ya murieron. Lo más cercano a lo que hacíamos fue la práctica del frijolito con algodón para germinar en un frasco, sin saber cual era el objetivo. 

Este modelo educativo se traslada al sector gubernamental y se reproduce con las limitaciones de la preparación profesional obtenida, lo cual implica que en la actualidad no existan políticas públicas que verdaderamente atiendan los principales problemas. En Puebla, la obra pública es el principal punto de comparación para los gobernantes, y su valor se mide con aquello que luce aunque no sirva. En estos días hemos sido testigos de algo insólito. Los ciclistas poblanos, principales beneficiarios de la ciclovía del boulevard Hermanos Serdán, están en contra de esta obra. 

Este tipo de condiciones me permiten afirmar que, en el sector educativo hace falta incorporar información para los estudiantes sobre los principales problemas existentes en sus comunidades y regiones, o enseñarlos a identificar los problemas socioeconómicos más importantes como una condición para una mayor vinculación, que asegure tener recursos humanos mejor preparados y profesionistas más pertinentes. 

Asimismo, se requiere incorporar una orientación vocacional real que ayude a los estudiantes a tomar mejores decisiones. Se sabe que 5 de cada 10 alumnos que ingresan a la universidad, desertan. Tan sólo en Chapingo, de 2 mil 500 que ingresan, únicamente terminan 1mil 100. También se sabe que, antes de iniciar el cuarto semestre profesional, 5 de Ana 10 alumnos se cambian de carrera, con gran pérdida de tiempo para el estudiante, recursos para sus padres y para las instituciones educativas. Y, ya ni digamos el porcentaje de titulación, más preocupante que el de la deserción. 

Por su parte, en el sector gubernamental es necesario retomar la planeación real, no sólo la que permite cubrir el requisito constitucional. Recuerdo que de las leyes más abandonadas en la Cámara de Diputados, es la de planeación. Muchos programas y apoyos son más de lo mismo, con muy pocos cambios, muy generales para un país megadiverso y, varios apoyos tienen un gran desconocimiento de las necesidades de las comunidades, regiones y sectores. 

Una comunidad necesita de agua, energía eléctrica, vías de comunicación, escuelas para desarrollar las capacidades de la gente y las condiciones para una convivencia armónica que promueva su crecimiento, desarrollo y progreso. Las personas necesitan agua, alimentos, salud y las condiciones para desarrollar al máximo su potencial intelectual que mejore sus condiciones de vida. 

La pobreza no es un destino, pero ante la falta de una mejor educación y la ausencia de políticas públicas parece que sí.


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