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jueves, 11 de abril de 2019

#ElRincónDeZalacaín: Campoamor y el abanico



Madrid, España.- Con el tiempo las cosas se van olvidando, la mente pese a ser ejercitada comienza a perder velocidad. Los viejos dicen “no me sube el agua al tinaco” en clara alusión a la llegada de una serie de lagunas mentales instantáneas.

El aventurero Zalacaín había recibido el último libro del cantautor Ismael Serrano, “El viento me lleva”, una serie de recopilaciones sobre sus vivencias, una de ellas bajo el título “El hombre menguante”, se desarrolla en una de las tabernas madrileñas consideradas, clásicas, en el barrio de La Latina. Los expertos le conocen como “Vinos 11” por estar en la calle de Calatrava número 11 y debido al nombre “vinos” por encima de la puerta de acceso.

Pero para la palomilla es simplemente “Dani”, nombre del empleado merecedor de quedarse con el establecimiento de Eugenio Humanes a su muerte.

Daniel Iglesias y su esposa Argentina se dedicaron a regentear el establecimiento y le dieron un toque muy especial, primero en la forma de servir los chatos de Valdepeñas con la misma cantidad de vino, todos parejos, el vermut de grifo y el corte de cirujano de los “chicharrones”, ese embutido conocido también como “cabeza de jabalí” en España o “queso de puerco” en Puebla.

Las letras de Ismael Serrano le llevaron a recodar a Zalacaín gratos y poéticos momentos con algunos tertulianos en torno de un chato de vino y charlas llenas de experiencia.

El tema había sido el desuso de los abanicos entre las madrileñas en los tiempos de calor, usados más comúnmente ya para ceremonias, fiestas folclóricas o simplemente el vestuario de las chulapas.

Y entonces hizo su aparición en la memoria privilegiada del periodista Fernando Fernández Sanz el poeta asturiano Ramón de Campoamor, autor entre otras cosas de un texto dirigido a Marcelino Menéndez Pelayo para disertar sobre los tres géneros de su creación divididos por el autor en “doloras”, “pequeños poemas” y “humoradas”.

Campoamor le explica a Menéndez Pelayo: “¿Qué es una humorada? Un rasgo intencionado ¿Y dolora? Una humorada convertida en drama ¿Y pequeño poema? Una dolora amplificada”.

Y el decano periodista Fernando Fernández decía de memoria algunos textos de Campoamor:

“La niña es la mujer que respetamos, 

y la mujer la niña que engañamos”.

Mientras tanto, Dani, el hijo de Dani Iglesias, ya entonces al frente de la casa, servía el vino… 

“Según creen los amantes, 

las flores valen más que los diamantes

Mas ven que al extinguirse los amores,

valen más los diamantes que las flores”.

El grupo asentía y empezaba a sorber el vino en ansiosa espera para recibir las rebanadas de chorizo picante… 

Y entonces aparecieron los abanicos, tema central de la tertulia poética de esa mañana:

“Al dar este abanico aire al semblante,

tal vez pueda templar, Eugenia mía, 

esa alma delirante 

que no tuvo en la vida un solo amante 

ni vivió sin amar un solo día”.

Otro de los amigos agregó una “humarada” más de Campoamor:

“Agita tu abanico muy aprisa 

y verás como el céfiro ligero 

se cuenta muchas veces, María Luisa, 

lo mucho, pero mucho, que te quiero”.

Y aparecieron los aplausos y con ellos la corona de las tapas de Dani, el chicharrón cortado como cirujano, como si del mejor ibérico se tratara.

Muchas anécdotas sobre el uso del abanico empezaron a fluir en el grupo, experiencias personales, sobre el lenguaje del abanico y las malas lecturas. La tercera copa de vino llegó y entonces, el querido amigo poeta sacó de la chistera un verso atribuido a Campoamor, con él se acabó la tertulia en la Casa Dani, en Vinos 11, en el recorrido del tapeo, de la “latinada”.

Y decía así:

“Del abanico el donaire

es aire.

Su varillaje y papel

oropel.

Y el valor de tal monada

nada.

Así la más bella dama

si la virtud no atesora

cual abanico, lectora,

es aire, oropel y nada”.

¡Salud por los poetas, por los Serrano, Rodolfo e Ismael, por Fernando Fernández y por todo aquél memorable grupo de letrados, buenos bebedores y mejores amigos…